Llorando bajito

little girl bullying in school classroom

Papi a Mami mientras compartían el café:

“Muchos años atrás, cuando aún estudiaba en la universidad, alguien nos regaló una perrita muy alegre. Tenía una energía que nada gastaba. Al principio todos gozábamos con ella pero, al crecer, esa perrita inquieta comenzó a maltratar las flores del jardín, a orinarse y defecar donde le placía. En poco tiempo el patio se convirtió en un campo de batalla. Nadie en casa tenía ni los conocimientos ni la paciencia para dedicarse a entrenarla así que se optó por llevarla al veterinario para que la vendiera.

Pasó un mes y no supimos de ella. Al final, un día de esos, nos llamó el veterinario para decirnos que la perrita nadie la quería, que la pasaran a buscar por el hospital porque le ocupaba espacio y no estaba dispuesto a seguir alimentándola. Cuando mi mamá la trajo, estuvimos todos boquiabiertos. La perrita había crecido, pero estaba sumamente delgada y la alegría se le había desvanecido. Se pasaba el día viendo la nada, no saludaba, no ladraba, no comía. Fue lo que le sucedió luego de pasarse un mes completo encerrada en una jaula de tres pies por tres pies pidiendo amor sin que se lo dieran”.

Mami a Papi:

“Es una historia muy triste. ¿A qué viene el cuento?

Papi a Mami:

“Cuando llevé a Vivi al colegio, hoy en la mañana, iba inquieta, conversadora, sonriente y la dejé llorando en el aula, junto a otros cuatro niños que lloraban igual. Cuando la fui a buscar, cuatro horas después, no parecía la misma. Estaba apática, distante. No me dirigió la palabra en todo el trayecto. Me pregunto si todo este sistema escolar no está hecho sino para eso, para quitarnos de encima unos hijos que nos agotan, que nos parecen indomables y nos rompen los jarrones para que los encierren y, luego, nos los devuelvan con los ojos vacíos, apagados”.

A Mami, el comentario no pareció caerle bien. Tal vez sería el café. Se puso de pie y se fue a llorar a la habitación. Bajito, para que nadie la escuchara.