El único destino aceptado y asequible

Powerful Shot of Sad Child

En el piso hay un papel que no quieren que lea. Allí, un lienzo que no debo tocar. En la puerta otras puertas que, para mí, no deben siquiera existir. Aquí una palabra que no debo pronunciar, o un gesto prohibido a mis manos o un movimiento que, por riesgo de tocar otro cuerpo, mis piernas no deben hacer. Me siento encerrada en un ataúd, nueva cenicienta que no quiere beso pero sí despertar. Que no espera príncipe, pero sí libertad. Papi, sin embargo, piensa que educar es eso, adaptar los niños a su cultura para que, luego, su cultura los acepte. Teme por mí. Me ve de continuo caminando por el borde del acantilado, como todos los niños de mi edad, creo, y me hala hacia él para protegerme de mí, de mi anhelo de estirar el aire, de alargarlo para hacerlo respirable, al fin. Su lucha es hacerme entender absurdos risibles: que se es libre perdiendo la libertad, que crecer es empequeñecerse, que aprender a hablar es tomar de la boca ajena sus palabras para luego pronunciarlas en sus acentos y hacer a los demás felices porque, al parecer, ese es el único destino aceptado y asequible y, en definitiva, la clave de mi auténtica felicidad.

Los adultos no saben descansar

Baby girl sleeping

Son las siete y media de la noche. Papi acaba de llegar a casa y salgo de la habitación, corriendo, a saludarlo. Me besa, me abraza y luego pide permiso para bañarse. A su regreso, lo espero en el sofá. Él me levanta y me acomodo a su pecho y a su hombro. Así, volvemos a sentarnos de vuelta y es entonces cuando me duermo al instante. No pasan ni diez segundos antes de que pase a olvidarme de mí misma en sus brazos.

Al día siguiente me quedo pensando en algo que me inquieta. Al parecer, la gente adulta no descansa. Y no descansa porque ha olvidado que, para hacerlo, se precisa tener un hombro, uno en el cual recostar la cabeza para que, allí, el cerebro apague el interruptor y se quede a oscuras, sin su sol.

Zzzzzzzzzzzz.

Decir “hacer” o “no hacer” es lo mismo

beautiful cheerful little girl playing hopscotch on playground

Hay cosas que aún no puedo explicar. Una de ellas es la razón por la cual si me dicen que no haga algo, lo hago. De los dos, mami es la que me entiende y, en lugar de gritar un “no hagas eso”, me pregunta por cualquier tontería que aparta mi mente de lo que pretendía hacer y que a ella no le parecía bueno. A papi aún le falta mucho por aprender porque su mente parece una línea recta, pone los ojos sobre algo y todo lo que está a su alrededor desaparece. Por eso se enoja conmigo al pensar que nunca lo escucho, que no lo respeto ni le hago caso. ¡Qué tontería!

Mami, por el contrario, piensa como en ondas que suben, bajan y se van por los lados. Yo puedo ver esas ondas zigzagueando a mi lado. Debo decir que me producen consuelo porque siento que me protegen hasta de mí misma. También de hacerle daño a la distraída de Tutti, que vive en la luna como mi papá.

Ambos, papi y mami, son diferentes al extremo. Yo, sin embargo, cuando crezca, quiero ser los dos a la vez, porque cada uno tiene su encanto y sería una maravilla ser dos veces encantadora; ser la línea y ser la onda, si no es mucho pedir.

Nada me agota

little girl runnig to the sunset

Por lo regular, tengo mucha energía. A mí sólo me detienen el sueño y un cuento interesante que me haga mi mamá. En segundos recorro todo el piso porque me gusta correr. Saltar en la cama, comer deprisa y ensuciarme, morder a Tutti, bajar de cabeza por el Tobogán, bañarme tres veces al día y beberme el agua de jabón, salir como un rayo del baño cuando me intentan lavar los dientes: todo eso se me da muy bien.

Poco hay en la vida que me agote y, gracias a Dios, tanto papi como mami empiezan a entender algo que muchos de los padres de mis amiguitos confunden, tener mucha energía es sólo tener mucha energía, no es portarse mal. Los gritos han cesado, el enojo ha menguado, y yo sigo corriendo.

En la mente de Dios

Homework

Sólo después de yo nacer mis padres cayeron en la cuenta de que habían dado un paso que cambiaba para siempre el sentido de sus vidas. Yo no era un contrato que podían cancelar ni una pieza alquilada que podían devolver cuando se cansaran de ella. La alegría de mis padres se fue evaporando con el sol de mi llanto de media noche. Papi comenzó a decir que ya no podía dormir, que ya no tenía un momento de paz en la casa.

Eso no fue todo. Las noches de salida se acabaron. Se acabó abrazarse en las salas de cine, conocer un nuevo restaurante, salir con los amigos. De pronto, mis padres sólo querían verme dormida porque únicamente en esos minutos ellos podían volver a sus teléfonos, a sus correos; a ver una película mientras se bebían un té. Vivi era la niña más bella del mundo cuando estaba dormida; la más fea cuando, despierta, sólo pedía comida y atenciones.

Hoy, dos años después, mis padres han olvidado lo que eran sus vidas antes de mí porque ahora sonríen más cuando me acompañan a jugar y ya no intentan obligarme a dormir, hipnotizándome con relojes de bolsillo. Hoy dejan que el sueño llegue cuando tiene que llegar, relajados, por fin.

A veces, sin embargo, se quedan distraídos. Tal vez pensando en todo lo que pudieran hacer si yo no hubiera nacido, si aún estuviera dormida en la mente de Dios.

El juego más grande del mundo

girl and father with kite at sunset

Mis padres juegan con mi mente, y lo hacen bien.

A veces el único objeto que ocupa mi mente es un trozo de queso fresco y ellos, sin tocarlo, sin empujarlo, logran desplazarlo para colocar, en su lugar, unas uvas o un pedazo de pan. Yo grito, pataleo, me golpeo la cabeza con la pared mientras pido mi queso y, sin darme cuenta, al rato, estoy recostada en el sofá comiendo uvas como una tal Cleopatra mientras mami se bebe su café, tranquila. ¡Ni me acuerdo de lo mucho que ansiaba mi queso!

Yo supongo que también el mundo funciona así, porque la mente parece una mesa que en la que sólo se puede colocar un plato a la vez. Todos juegan con todos en los tableros de sus mentes, incluso yo, que ahora estoy aprendiendo a jugar.

Conciencia moral

Man reading. Book in his hands.

Papi ha leído el libro de una doctora que dice que sabe mucho. En él se informó de que los niños menores de cinco años aún no hemos desarrollado una conciencia moral, por lo que no se nos puede pedir una clara distinción entre lo bueno y lo malo y, por ende, no se debe gastar energía gritándonos que hagamos o que no hagamos algo. Se nos debe hablar una sola vez lo más amablemente posible mientras se nos toma de la mano y se nos acompaña haciendo o deshaciendo.

Y ha funcionado, a mi pesar. Tanto papi como mami gastan menos energía conmigo y se enojan menos cuando no les obedezco, porque ahora saben lo que me pueden exigir y lo que no. También cómo hacerme actuar según sus expectativas.

Pero a veces nada les funciona porque mi energía no tiene un cauce, aún. Arraso como un rayo. Quisiera, a veces, toparme con esa doctora y comprobarle, con un hecho más, que es verdad, que aún no discrimino el mal del bien y puedo darle un puntapié sin que me remuerda la conciencia. Zas!

El cadáver

Беременная мама обнимает дочку

Tutti, mi hermanita de siete meses, ocupa un lugar dentro, en los corazones de mis padres. Yo, que lo quiero todo para mí, me afano en vano por hacerme con todo ese espacio.

A veces empujo con violencia; a veces muerdo con rabia; a veces presiento que terminaré fuera hasta de mí misma para no ocupar ni mi propio cuerpo.

El amor que se consigue por la fuerza es el cadáver del amor.

Yo no sé 1

Anonymous crowd of people walking on city street

Yo no sé porqué la gente tiene hijos y, luego, sale a trabajar. Neandertales hubo que parían y sólo se desprendían de las crías cuando las mismas se hacían independientes, me dijo alguien.

Yo no sé porqué la gente trabaja y se lía en faenas que no les causan ninguna satisfacción.

Yo no sé porqué papi se va mientras mami se queda, y al revés.

Algo sé. Yo no quiero crecer para ser como papi y mami.