
Sólo después de yo nacer mis padres cayeron en la cuenta de que habían dado un paso que cambiaba para siempre el sentido de sus vidas. Yo no era un contrato que podían cancelar ni una pieza alquilada que podían devolver cuando se cansaran de ella. La alegría de mis padres se fue evaporando con el sol de mi llanto de media noche. Papi comenzó a decir que ya no podía dormir, que ya no tenía un momento de paz en la casa.
Eso no fue todo. Las noches de salida se acabaron. Se acabó abrazarse en las salas de cine, conocer un nuevo restaurante, salir con los amigos. De pronto, mis padres sólo querían verme dormida porque únicamente en esos minutos ellos podían volver a sus teléfonos, a sus correos; a ver una película mientras se bebían un té. Vivi era la niña más bella del mundo cuando estaba dormida; la más fea cuando, despierta, sólo pedía comida y atenciones.
Hoy, dos años después, mis padres han olvidado lo que eran sus vidas antes de mí porque ahora sonríen más cuando me acompañan a jugar y ya no intentan obligarme a dormir, hipnotizándome con relojes de bolsillo. Hoy dejan que el sueño llegue cuando tiene que llegar, relajados, por fin.
A veces, sin embargo, se quedan distraídos. Tal vez pensando en todo lo que pudieran hacer si yo no hubiera nacido, si aún estuviera dormida en la mente de Dios.