El único destino aceptado y asequible

Powerful Shot of Sad Child

En el piso hay un papel que no quieren que lea. Allí, un lienzo que no debo tocar. En la puerta otras puertas que, para mí, no deben siquiera existir. Aquí una palabra que no debo pronunciar, o un gesto prohibido a mis manos o un movimiento que, por riesgo de tocar otro cuerpo, mis piernas no deben hacer. Me siento encerrada en un ataúd, nueva cenicienta que no quiere beso pero sí despertar. Que no espera príncipe, pero sí libertad. Papi, sin embargo, piensa que educar es eso, adaptar los niños a su cultura para que, luego, su cultura los acepte. Teme por mí. Me ve de continuo caminando por el borde del acantilado, como todos los niños de mi edad, creo, y me hala hacia él para protegerme de mí, de mi anhelo de estirar el aire, de alargarlo para hacerlo respirable, al fin. Su lucha es hacerme entender absurdos risibles: que se es libre perdiendo la libertad, que crecer es empequeñecerse, que aprender a hablar es tomar de la boca ajena sus palabras para luego pronunciarlas en sus acentos y hacer a los demás felices porque, al parecer, ese es el único destino aceptado y asequible y, en definitiva, la clave de mi auténtica felicidad.