
Ayer papi me habló muy fuerte y todavía hoy me temblaban las manos. Al levantarme, actuaba de lo más normal, hablaba igual, caminaba igual, pero mis manos son como campanas que, una vez golpeadas, siguen vibrando por días, hasta que un gesto de amor me las calma. Mis manos suenan y suenan. Se mueven inquietas, rápido o despacio. Dicen lo que la boca calla porque la mente lo ignora. Hoy trataba de agarrar las tijeras y los cortes se me torcían a los lados, dañando las hojas. Yo no sabía qué era, porqué mis manos eran así, por qué aún no pueden agarrar un lápiz en calma y hacer un trazo recto y sencillo, por qué hago una N que parece una silla en la que me puedo sentar. Yo no lo sabía hasta hoy, hasta entender que en mis manos está mi corazón, que allí late, que allí vibra el dolor y allí se curan mis heridas.