Los adultos no saben descansar

Baby girl sleeping

Son las siete y media de la noche. Papi acaba de llegar a casa y salgo de la habitación, corriendo, a saludarlo. Me besa, me abraza y luego pide permiso para bañarse. A su regreso, lo espero en el sofá. Él me levanta y me acomodo a su pecho y a su hombro. Así, volvemos a sentarnos de vuelta y es entonces cuando me duermo al instante. No pasan ni diez segundos antes de que pase a olvidarme de mí misma en sus brazos.

Al día siguiente me quedo pensando en algo que me inquieta. Al parecer, la gente adulta no descansa. Y no descansa porque ha olvidado que, para hacerlo, se precisa tener un hombro, uno en el cual recostar la cabeza para que, allí, el cerebro apague el interruptor y se quede a oscuras, sin su sol.

Zzzzzzzzzzzz.

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